8 septiembre 2017 | Internet

Trabajar por un mundo mejor

A medio camino entre una ONG y una empresa tradicional, Uruguay genera cada vez más negocios rentables con un objetivo social.

Daniela Bluth

En la casa de Javier Artigas, en el corazón del Prado, una parte del living se transformó en dormitorio. Es que Javier, 48 años, emprendedor de toda la vida y paciente renal desde 2007, acaba de recibir un transplante. Había esperado más de tres años y perdido, según sus cálculos, 1.872 horas laborables en diálisis. La operación fue un éxito y el alta llegó antes de lo previsto. Todos motivos para festejar.

Durante las próximas seis semanas Javier va a estar allí, en su casa, el mismo lugar donde surgió su último proyecto, el que realmente lo hizo feliz. Ingeniero de profesión, cambió de trabajo y empresa varias veces. Pero la última no fue por elección. Cuando su enfermedad requirió diálisis tres veces por semana, sus jefes en una compañía española de energía eólica le mandaron un mail diciendo: “Hasta acá llegamos, gracias por todo”. Al poco tiempo, durante un viaje de trabajo en Córdoba no se pudo dializar por problemas burocráticos y su vida peligró. A la vuelta, en medio de la mesa familiar, él, su esposa Alejandra y sus hijos empezaron a tirar ideas para evitar que esa situación se volviera a repetir. Así nació Connectus Medical, una plataforma que permite a los pacientes renales acceder a clínicas de hemodiálisis en todo el mundo. “Le pagamos 1.700 dólares a un programador y con eso empezamos”, recuerda. Todo lo que vino después roza lo increíble.

En agosto de 2015 lanzaron una plataforma exclusiva para Uruguay. Un mes después, un premio del MIT generó una “revolución” fabulosa: en una sola semana la web recibió 400.000 visitas. Rápidamente sumó centros en Argentina y Brasil. Hoy tiene 151 países y más de 600 pacientes dializándose de forma simultánea en algún punto del globo. Connectus es rentable porque logra un “precio negociado” con las clínicas y cobra 10% a los pacientes por los gastos de gestión. Pero más que un buen modelo de negocios, para Javier la clave del “gran éxito” es haberse dado cuenta de que hay que trabajar con las emociones. “Somos seres emocionales que razonamos. Somos como edificios, nuestros cimientos son las emociones, si no te preocupás por ellas se te derrumba todo”.

Más allá de los valores de creatinina, Connectus indaga sobre los sueños e ilusiones de cada paciente. Utilizando realidad virtual diseña una “experiencia” personalizada que ni ellos imaginan. “Sin meternos en su vida, le mostramos que esto no tiene límites”.

En este camino de apenas dos años se entrecruzan los nombres de Hernán Casciari —que infartó, literalmente, en casa de Javier—, de Joe Gebbia, uno de los fundadores de Airbnb —que fue el primero en invertir en la empresa con un acuerdo inédito— y del premio Nobel de Economía Alvin Roth, que habla de esta startup uruguaya en las universidades de Londres. También aparece una ronda de inversión por un millón de dólares, la alianza con una compañía aérea para hacer traslados de emergencia en caso de surgir un transplante y la próxima apertura de una clínica que atenderá 20 especialidades en plazos menores a 72 horas. “Para nosotros han sido una sucesión de hechos que no sé cómo agradecer. No son señales, son cachetazos”. Las ganancias, asegura, ocupan un lugar secundario. “Sentís una pasión completamente distinta. ¡Hemos mandado gente que no se movía a conciertos de Coldplay! Eso te da una satisfacción… no miro la plata que entra, miro las fotos que la gente sube al Facebook”.

Y con esa frase Javier resume el espíritu detrás de las “empresas sociales” que, como Connectus, generan negocios para lograr un mundo mejor.

Javier Artigas, de Connectus Medical.

Cuestión de tiempo

Los ámbitos de acción son infinitos y pueden dar lugar a proyectos que involucran desde la educación o la inclusión financiera hasta la moda y la basura. Sin embargo, hay conceptos que se repiten: idea, emprendedor, innovación, startup, capital semilla, incubar, plan de negocios, punto de equilibrio, rentabilidad. Y la lista podría seguir. “Una empresa con perfil social tiene que tener una doble característica: contribuir a una solución a problemas sociales y, al mismo tiempo, ser sustentable económicamente”, dice Paula Mosera, directora de Socialab Uruguay.

A Socialab llegan más ideas “con una fuerte pata social” que con “un modelo de negocios claro”, dice Mosera. Lograr el equilibrio es, quizás, lo más difícil. “Hoy muchas personas se están cuestionando a qué quieren dedicar su tiempo, qué quieren hacer con su vida. Hay mucho más actitud de arriesgarse… Porque hacer un emprendimiento social es más riesgoso y lleva más tiempo”.

En los tres años que Fiorella Bergamasco (23) lleva trabajando en Sitot, una aplicación que detecta el impacto de un choque violento y notifica a los contactos elegidos por la persona ante una emergencia, varias veces se dio “la cabeza contra la pared” y cambió el modelo de negocios. Contó con un capital semilla de 25.000 dólares de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII), pero sigue sosteniendo que “llevar una idea a la realidad es como escalar un Everest”. De hecho, por estos días está modificando el proyecto inicial para sumar un nuevo “producto físico” al objetivo de Sitot.

Fiorella creció rodeada de médicos —empezando por su madre— y de historias de accidentes de tránsito. Oriunda de Colonia y con muchas horas de ruta encima, siempre le preocupó que tras un siniestro las personas podían pasar varias horas sin recibir ayuda. Sin embargo, nunca se imaginó que iba a ser su trabajo final para la carrera de Negocios Internacionales la que iba a dar una solución al problema. “Mi tesis era sobre emprendedurismo y ahí hice el clic. Antes de eso pensaba que era imposible llevar adelante una idea”.

Así, con 20 años y el apoyo de un grupo de compañeros nació Sitot, que significa “pronto” en francés y resume el espíritu del proyecto. “Con los años me di cuenta de más cosas… como cuando dicen tuvo suerte de que lo encontraran o si lo hubiesen encontrado rápido capaz que se salvaba. O sea, el tiempo es literalmente oro en caso de un accidente”. En un minuto se puede perder una vida, o salvar. “No podía ser que con el nivel de desarrollo de tecnología que tenemos hoy, un problema así no tuviera solución”, opina.

La app, disponible para Android y Apple, ya tiene más de 2.000 descargas. Su uso es sencillo: basta ingresar los datos de la persona en dos pantallas —una con su información médica y otra con los contactos de emergencia—, para que a los 90 segundos del choque se active de forma automática. Utiliza un algoritmo que permite una ubicación exacta y que diferencia un accidente de una caída del teléfono o una frenada intensa, evitando falsas alarmas. Además, tiene un botón de pánico muy utilizado por los adolescentes cuando, ejemplifica Fiorella, circulan solos en la calle.

Aunque el camino todavía es largo, los logros ya son muchos. En noviembre de 2016 Sitot fue elegida como una de las cinco empresas finalistas en el concurso regional Chivas The Venture, que premia emprendimientos de carácter social.

Fiorella Bergamasco, de Sitot. Foto: Ariel Colmegna.

Perseguir un ideal

Connectus y Sitot son dos ejemplos de que cuando el proyecto involucra la medicina, suele haber una historia personal que lo impulsa —y con fuerza— por detrás. Armor Bionics, una empresa que crea modelos 3D para utilizar como apoyo en procedimientos quirúrgicos, lo confirma con ganas e innovación.

Cuando a la mamá de Bruno Demuro (29) una operación para extirpar un tumor del tamaño de una moneda de dos pesos alojado en el cráneo le costó un corte enorme y la pérdida de hueso, el hoy director de Armor Bionics (junto a Pablo Pereira, 35) se empezó a cuestionar si no habría “una forma más intuitiva” de proceder. Con experiencia en impresiones 3D, comenzó a hacer hipótesis. Hasta ese momento, a la hora de una cirugía los médicos se guiaban solamente por las imágenes planas que arrojaba el tomógrafo. A partir de su proyecto, esas mismas imágenes cobraban volumen. El proceso de validación de la empresa llevó casi dos años, entre 2013 y 2015.

Hicieron sus primeras experiencias con reconstrucciones maxilofaciales, consecuencia de accidentes de tránsito. “La primera vez que se usó los médicos fueron escépticos”, recuerda Bruno. Pero los resultados ayudaron a que la percepción cambiara rápidamente. Hoy, está probado que tener el modelo 3D reduce hasta 35% el tiempo de la operación y optimiza la recuperación del paciente. “Antes los médicos entraban a operar a ciegas, perdían un montón de tiempo probando, con el paciente bajo anestesia y a veces incluso sangrando…”. Además, el modelo les permite “adelantarse a cualquier tipo de complicación”, hacer cortes más chicos y que los pacientes estén más tranquilos. “Los médicos nos decían: Esto es como tener una prueba y llegar con las respuestas de antemano”, cuenta Bruno.

Como empresario, el principal escollo fue “venir con una solución para un problema que no tenían (…) Cuando salimos a vender tenemos que vender y evangelizar a la vez, explicar que se traduce en beneficios para todos en la cadena de servicios”. Producen entre cinco y diez modelos por mes, pero podrían “tener incidencia directa” en hasta 300 cirugías locales. Una pieza de mandíbula completa cuesta entre 200 y 300 dólares, y el precio aumenta según la complejidad del modelo.

La empresa, que se incubó en Sinergia Tech y recibió capital semilla de la ANII dos años seguidos, ahora tiene oficinas propias y dos laboratorios de impresión. Ya ha trabajado para el Hospital de Clínicas, el Instituto Nacional de Ortopedia y Traumatología (INOT) y la Administración de los Servicios de Salud del Estado (ASSE), así como para instituciones de Estados Unidos, México y Rusia. “Hoy en día la empresa da ganancias, pero también nos encantaría que nos fuera mucho mejor. Todavía no llegamos al potencial que podría tener”.

Para la operación de su madre Bruno llegó tarde. Pero eso lejos de desestimularlo, lo empujó a ir a más. “Si me preguntás un sueño, te diría que esto tendría que ser la norma. No hay contras, nunca tuvimos un argumento. Mi novia dice que soy un idealista… y tiene razón. Cuando las cosas no funcionan, me frustra muchísimo”.

Bruno Demuro y Pablo Pereira, de Armor Bionics. Foto: Marcelo Bonjour.

Sana inquietud

Conversar por teléfono con Francisco Sequeira (41) implica, siempre, sentir el ronronear del viento de fondo. Es que si no está andando en bici, está dando vueltas alrededor del local que abrió hace tres meses frente a Punta Shopping, donde su pasión y su sustento encontraron el punto de equilibrio. Su proyecto se llama Ecomoving y su eslogan es “porque #estAMOs cambiando el mundo”. Toda una declaración de principios e intenciones. Unos pocos minutos de charla son suficientes para darse cuenta de que más que empresario, a Francisco le calza el sayo de apasionado, entusiasta e inquieto.

Se fue de Uruguay hace años porque se aburría, trabajó en el rubro gastronómico en España y cuando la situación política y personal lo expulsó del Viejo Continente, no quiso regresar con las manos vacías. La cocina lo llevó al rubro del delivery, el delivery a la logística, y la logística a la movilidad. Eso, sumado a una experiencia previa en Motociclo, dio como resultado una empresa que vende bicicletas pero promueve un estilo de vida. “Me vine para acá porque tenía clarísimo que venía a cambiar el mundo. Eso y mis hijas es lo que me mueve”. El dinero, vino solo y después.

Ecomoving empezó a rodar en 2011, cuando Francisco volvió al país. Fue una startup y se consolidó en el entorno de las empresas B. Su leitmotiv es lograr impacto social y medioambiental a través de la comercialización de un producto: las bicicletas de pedaleo asistido. ¿Qué significa eso? Que si bien poseen un motor, solo se mueven con el pedaleo del usuario y no superan los 25 kilómetros por hora. “El pedaleo asistido multiplica el rendimiento, podés hacer entre ocho y diez kilómetros en un tiempo óptimo sin llegar transpirado al trabajo”.

En 2016 Francisco logró un gran salto para su empresa: firmó un acuerdo con la multinacional Legend y se transformó en representante de la marca para América Latina. En su local de la avenida Roosevelt comercializa tres modelos: dos plegables (una rodado 20 y otra 24) y una de paseo en rodado 26. Cuestan entre 1.000 y 1.500 dólares y lleva un centenar vendidas. Con la movilidad como centro, Ecomoving apuesta a las bicicletas urbanas. “Pensamos en los kilómetros que hacemos todos los días y por eso ofrecemos una bici funcional, práctica, ergonómica, sustentable y saludable”, resume. Además, este año prepara el lanzamiento mundial de un nuevo modelo desde Uruguay y la implementación de un proyecto de “renting & sharing” para que las chivas estén siempre rodando. “Si no tenés la experiencia no podés compartirla. Y a todos los que se las hemos prestado, se han comprado una”, asegura.

Según Francisco, para cambiar el mundo solo hay que subirse a una bici. Y él predica con el ejemplo a diario. Es que, como dice Victoria Fraschini, de Socialab, allí está el pequeño gran secreto del éxito: “Acá tratamos de derribar eso de cambiemos el mundo en las horas libres. No, cambiemos el mundo en el full-time. ¿Por qué? Porque existe la posibilidad de emprender con sentido, de solucionar un problema social, de que me paguen un sueldo, tener ganancias e impactar a más personas todavía. Quizás la mayor barrera que tenemos es convencer a la gente que no está mal ganar plata si estás alineado con tus objetivos”.

Francisco Sequeira, de Ecomoving. Foto: Ricardo Figueredo.

Reciclar y construir

Los arquitectos Carlos Ruiz (33), Stefanía Pérez (32), Diego Mouradian (34) y Giannina Ceruti (31) llegaron al mundo del reciclaje gracias a un trabajo de Facultad. Tomar consciencia de que los residuos de la construcción eran un problema medioambiental, llegó después. Y un nuevo impulso los llevó a armar un proyecto de empresa, incubar en Sinergia y presentarse a un fondo de capital semilla de la ANII, que ya obtuvieron. “RCD es una empresa que recicla y genera un nuevo producto, así reducimos el volumen de escombros que llega al vertedero municipal”, explica Stefanía. Por ahora, lograron que la Intendencia les asignara un sector en la Usina Felipe Cardoso, donde clasifica, trituran y filtran los materiales. De todos los escombros, solo 10% está limpio de materia orgánica o desechos domiciliarios. A partir de ese proceso —que hacen con maquinaria alquilada— obtienen “áridos con distintas granulometrías”, desde algo parecido a la arena hasta pedregullo. Ese nuevo producto sirve para generar bloques de hormigón reciclado o se puede vender para rellenos y caminería. “Hoy encontramos que hay un nicho desatendido y del cual podemos sacar provecho”, dice. RCD Reciclaje está en “etapa de laboratorio” y todavía no salió al mercado, pero ya tiene resultados “prometedores”.

El equipo de RCD Reciclaje, que trabaja con escombros de la construcción.

Socialab, un espacio donde los problemas son oportunidades

Paula Mosera (27) trabaja más horas que cuando era empleada en un estudio contable. Seguramente también dedica “más cabeza”. Y más compromiso. Pero está feliz. Es directora de Socialab Uruguay, una organización que desembarcó en el país en 2013 para apoyar emprendimientos “de impacto positivo en etapa temprana”. Sus casos, dice Mosera, “son un híbrido en el medio entre las ONGs y las empresas tradicionales”. Aunque la cantidad de ideas que reciben crece año a año, todavía “falta mucho” camino por recorrer. De hecho, recién en 2016 la ANII creó por primera vez un fondo para proyectos de innovación inclusiva. “Nos tocan muchas más puertas de las que podemos abrir”. Su modus operandi es, sobre todo, a través de “desafíos”. Actualmente lanzaron Economía para Todos, donde buscan emprendedores e ideas que generen inclusión económica en los sectores que están excluidos. “Incentivamos las ideas desde el vamos, queremos que visibilicen los problemas, porque los problemas también son oportunidades”. En estos años ya pasaron por Socialab 32 proyectos, 50% de ellos están funcionando, aunque no todos en su “punto de equilibrio”, advierte Mosera. Un caso exitoso es el de UYRobot, una empresa de robótica educativa que nació como un proyecto de la Facultad de Ingeniería de la mano de tres estudiantes. UYRobot utiliza los robots como una “herramienta didáctica integral y transversal en la enseñanza de las materiales tradicionales”. Además, brinda capacitaciones, servicio técnico y vende kits robóticos a través de su tienda online.

De championes, presos y ecología

La industria de la moda es terreno fértil para la innovación social, aunque no es sencillo lograr rentabilidad. Xinca, una empresa argentina que confecciona calzados a partir de la reutilización de neumáticos y emplea a internos del penal de San Felipe, en Mendoza, lo logró. En 2016 facturó 150.000 dólares y ganó el concurso Chivas The Venture. En Uruguay, la diseñadora Alice Otegui se incubó en Socialab y creó Calmo, una marca textil que hace ropa, cuadros y accesorios con materiales orgánicos (tiñe con té o rosas, por ejemplo) e integra en su cadena de producción a artesanas de todo el país.

El País Uruguay

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